Si quieres la paz, empieza por una disculpa sincera
Me cuesta recordar haber leído alguna vez un artículo con mayor potencial de peligro que el publicado el pasado fin de semana en el Jerusalem Post por Mohammed Altooll, quien se autodenomina activista palestino por la paz y reside actualmente en Bélgica.
¡Y es que sus palabras, tan bien redactadas, rebosan lógica y razón, y parecen provenir de un corazón compasivo!
Con vistas a encontrar la mejor manera de lograr la paz y poner fin al prolongado conflicto entre israelíes y palestinos, Altooll propone lo que, en su opinión, es el mejor camino a seguir.
Para él, el primer paso para llegar a la meta es el deseo de paz. Y es precisamente aquí donde discrepamos, porque hay un elemento fundamental que debe preceder a eso.
El deseo de paz suele ir seguido de un gran arrepentimiento por haber elegido el camino contrario. Acompañado de una profunda reflexión interior sobre las lamentables acciones cometidas, se requiere un momento de cilicio y cenizas, bañado en una sincera disculpa.
Hasta ahora, nadie ha visto que eso provenga de los mismos habitantes de Gaza que bailaron en las calles y repartieron caramelos el 7 de octubre. Han tenido que pasar tres años para que nuestros vecinos del sur se dieran cuenta que su confianza mal depositada en los líderes terroristas les ha llevado a la ruina total.
Sin hogar, sin trabajo y más victimizados que nunca, Altooll opta por retratar a estas personas como «las que han sufrido». ¿En serio? ¿Podemos contrastar esa afirmación?
Si la memoria no me falla, los habitantes de Gaza votaron a Hamás como su gobierno, invirtiendo veinte años de confianza y fe en la promesa de que estarían mejor de lo que estaban al principio. Con ese fin, enviaron a sus hijos como voluntarios, permitieron que sus hogares se utilizaran como almacenes de armas y trabajaron en la construcción de túneles.
Aquellos que tuvieron la suerte de trabajar en Israel transmitieron voluntariamente información y datos de inteligencia a los captores que invadieron las comunidades de los kibutz, traicionando a las mismas personas que se preocupaban personalmente por ellos.
El verdadero sufrimiento se produjo aquella fatídica mañana de Shabat, cuando un ejército de 3.000 bárbaros traspasó nuestra frontera con el propósito de masacrar a inocentes de las formas más atroces conocidas por el ser humano.
Por consiguiente, cualquier sufrimiento infligido al pueblo de Gaza fue una represalia por lo que sus líderes habían urdido a lo largo de veinte años. Eso no constituye una victimización, sino una represalia bien merecida.
Ahí mismo, Altooll empieza con mal pie. ¡Pero espera, que hay más! Se refiere a los habitantes de Gaza como «personas que luchan por una vida normal». ¿Acaso había algo normal en poner su bienestar en manos de demonios desprovistos de conciencia?
¿Acaso había algo normal en enviar a sus queridos hijos a una muerte prematura? ¿Y había algo normal en celebrar la masacre de un pueblo desarmado mientras dormía en sus camas?
Cualquier cicatriz que tengan los habitantes de Gaza es culpa suya. Porque cuando se vive sin brújula moral, a menudo se acaba en una trágica desaparición.
Es triste, pero cierto. Los habitantes de Gaza mostraron un desprecio insensible hacia esos mismos miembros compasivos y de mente abierta de las comunidades de los kibutz que compartían su comida con ellos, les llevaban en coche a las clínicas y luchaban incansablemente por sus derechos. En lugar de estar eternamente agradecidos, escupieron sobre sus esfuerzos facilitando, aunque fuera un poco, el proceso de su propio asesinato.
Estas son las personas por las que aboga Altooll, quien imagina una mejor gobernanza para ellas rechazando la habitual variegada gama de líderes políticos que querrían ser los herederos naturales de Hamás. Ofrece la alternativa de «imaginar un futuro político más allá de las estructuras partidistas existentes».
Esto se traduce en que Altooll «represente los intereses de la población civil de Gaza en la Knesset israelí». Y aunque afirma que la idea ha suscitado un amplio debate, ¿por qué habría que prestar atención a un pueblo y a su líder propuesto, cuando ninguno de los dos lamenta ni condena sus propias acciones despreciables, ni las cometidas en su nombre?
¿Por qué alguien estaría dispuesto a acogerlos en un sistema democrático que valora y estima los ideales de los derechos humanos, la libertad, la elección personal, el respeto y la consideración hacia los demás, así como el tipo de educación que promueve el bien de las sociedades?
¿Quién estaría dispuesto a ofrecer un puesto en la mesa a alguien que, en primer lugar, no ha comprendido la inmensidad de una tragedia que exige una sincera disculpa por la sangre inocente que se derramó sin piedad a lo largo de muchas horas?
El hecho que no se muestre un profundo remordimiento no hace sino confirmar que una devastación tan cataclísmica podría volver a producirse. Porque cuando no se expresa una auténtica simpatía ante una oscuridad tan apocalíptica como la que se abatió sobre la patria judía, entonces no puede surgir la buena voluntad, lo que redunda en beneficio de un pueblo que carece de benevolencia personal.
No obstante, Altooll, como tantos otros, cuenta con que los israelíes tengan poca memoria, con la esperanza de que el sueño incumplido de una paz verdadera entre palestinos y judíos sea finalmente alcanzable, siempre y cuando los israelíes hagan un esfuerzo adicional para que así sea.
Pues bien, aquí va una noticia de última hora para Altooll. Es poco probable que la gran mayoría de los israelíes esté dispuesta a hacer ese esfuerzo adicional, y con razón. Como verdaderas víctimas que sufrimos una masacre, y como aquellos que rezamos día y noche por la liberación de nuestros rehenes, que fueron torturados y asesinados a sangre fría, tres años no son ni de lejos tiempo suficiente para que nuestros corazones destrozados se hayan recuperado.
De hecho, toda una vida no es tiempo suficiente para cerrar una herida purulenta que no puede sanar, porque el bálsamo necesario sigue sin estar disponible. Ese bálsamo sanador comienza con la plena conciencia y el profundo arrepentimiento de los autores, cuya maldad ha rivalizado con los peores y más trágicos momentos de la historia.
A la altura de la Inquisición española, el Holocausto, las guerras mundiales y cualquier otra catástrofe horrible, el 7 de octubre se erige como un recordatorio de una batalla demoníaca que pretendía borrar al pueblo judío de la faz de la tierra, empezando por los más débiles entre nosotros: los bebés, los niños y sus madres y padres.
Pasará a la historia como una cruda advertencia del oscuro abismo al que el hombre puede descender cuando alberga voluntariamente el odio en su alma. Lamentablemente, ni siquiera una disculpa sincera puede borrar esa maldad, pero la ausencia de ella nos deja claro que el arrepentimiento es inexistente.
Por lo tanto, ¡una invitación para formar parte de la Knesset podría ser un poco prematura!